PATRONALES: EL TRIUNFO DEL ARRIBISMO Y LA LIMOSNA

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Naufragio de la patronal

Hace menos de un mes que hice la presentación de mi libro, “EL NAUFRAGIO DE LA PATRONAL”, con la asistencia de un centenar largo de empresarios, amigos y familiares, en una agradable sesión organizada con la finalidad de dar a conocer su contenido, planteado en forma de memorias críticas de mis vivencias en las distintas organizaciones empresariales en las que he militado a lo largo de un cuarto de siglo.

A los pocos días viajé a Qatar, de donde he vuelto después de un par de semanas, tratando de alejarme del ambiente opresivo que se ha apoderado de nuestro país en los últimos tiempos, por la inevitable necesidad de los políticos de trasladarnos sus enfrentamientos, también sus angustias, ante los grandes cambios que parecen amenazarnos a todos en los próximos tiempos, plenos de convocatorias electorales y hermosas propuestas de felicidad.

Sufren nuestros políticos porque el futuro se les presenta incierto. Tanto como sus emolumentos o la cómoda forma de vida que ellos les han venido proporcionando a lo largo de los muchos años de ocupación intensiva de una sociedad civil adormilada, en una democracia no solo joven, sino especialmente ausente de la realidad y de sus crudos problemas, para la que el futuro aparece como una simple palabra carente de contenido.

Ahora toca prometer, pintando ese recuperado concepto de futuro de todos los colores posibles, dependiendo de la opción política y de los intereses múltiples de tanto dicharachero dispuesto a rellenar espacios televisivos y de todo orden, con la finalidad de convencer a los esquilmados ciudadanos de que les permitan, con su voto, permanecer otra temporada en el circo de la opinión pública o de la dudosa gestión de los intereses generales.

Así que, en las cálidas tierras de Arabia, entre decenas de compatriotas (“expatriados” se llaman a sí mismos) nostálgicos de una patria  tan lejana como añorada, he pasado unos dias de descanso de la invasión de discursos, tertulias, reuniones en las que se impone el silencio para evitar las discusiones o los enfrentamientos a los que la agresiva situación política de nuestro país arrastra, incluso a familias, amigos o correligionarios de todo orden. En el pequeño país árabe, el ambiente multirracial y la riqueza pública se imponen sobre las escasas necesidades presupuestarias, los impuestos no existen y la lucha por la vida se manifiesta con crudeza, pero sin tensiones. Parece otro mundo, aunque se echen en falta las libertades que nadie pretende reclamar.

De vuelta, otra vez la monserga política y el aluvión de promesas. Pero, como si la cosa no fuera con nosotros, se sigue echando en falta una voz: la voz de los empresarios.

Y es que, como he intentado explicar en mi libro, el mundo de las organizaciones de los empresarios, tan activos y ejemplares al comienzo de la transición, ha ido decayendo hasta la situación actual de inanidad, por su incapacidad para trasladar a la opinión pública nuestros desacuerdos con las grandes corporaciones y con las políticas por ellas impuestas con la connivencia de los poderes públicos, siempre tan “sensibles” ellos con sus problemas. Huérfanas de mensaje, sin duda, como consecuencia de la ausencia clamorosa entre nuestras filas de empresarios auténticos, libres y comprometidos.

Ya no tenemos voz. La que tuvimos ha sido silenciada, absorbida por los vacíos discursos de tanto arribista que nunca soñó con ser empresario, aunque haya encontrado su pesebre en alguna de las muchas patronales que callan y otorgan. No están ya las voces discrepantes de tantos de los nuestros, que han huido de la vulgaridad de los eslóganes sin contenido, de las consignas sugeridas, de los proyectos con fecha de caducidad que no conducen a parte alguna.

Se nos han poblado las patronales de la mediocridad de gentes que no persiguen otra cosa que mantener su estátus, al igual que la gran masa de políticos que nos piden ahora con urgencia que les demos una prórroga para continuar con su inutil función.   A día de hoy, entre unos y otros, han conseguido silenciar el mensaje de ilusión y de futuro que solo puede salir de los auténticos creadores de riqueza, ahora suplantados por la corte de aduladores, falsos empresarios de diseño, gestores de sus propios intereses, poderócratas sin espacio propio, políticos desubicados y tantos otros especímenes de esa tropa sin cabeza que dice seguir representándonos. La mayoría de ellos con el único objetivo de seguir pastando en los lares de la política y continuar saliendo en la foto anual.

Decepcionado, revisé mis inútiles mensajes, que llevo escribiendo desde hace años en el blog RECALADA y he querido repetir el que publiqué el 13 de marzo de 2013, con el título de “Patronales, cuestión de liderazgo” (http://www.fedesma.org/patronales-cuestion-de-liderazgo/) porque su contenido, tristemente, me parece de la máxima actualidad en estos momentos.

Las patronales nacieron del “pecado original” de la Constitución, que nos asignó, junto con los sindicatos, el papel de colaborar en la gestión de la economía y la paz social. Por tanto, los políticos, cualquiera que sea su signo, nos necesitan, pero algunos han entendido que esa necesidad se materializa de manera más cómoda llevando a cabo la ocupación de nuestras instituciones. Ocupación lenta, silenciosa, que acalle a los discrepantes y asuma, sin debate alguno, los postulados y los intereses que los políticos nos impongan en cada momento. Y así ha ido sucediendo. Los empresarios huyen de las organizaciones que necesitan y los que las ocupan, transmiten las consignas con docilidad.

A cambio alguna limosna. Porque la imprescindible gobernabilidad aconseja mantener su dañada imagen, aunque  su esencia haya desaparecido. Como pago por su sumisión, a partir de ahora, ya no tendrán asiento en las Cámaras de Comercio más que quienes lo puedan pagar con generosidad y aquellos cuya mansedumbre aconseje su designación a los políticos con mando en plaza. Se entiende que las Cámaras, entidades de derecho público, recién reforzadas políticamente, a diferencia de los últimos veinte años que las gestionamos los empresarios, nunca más serán nuestras, sino de quienes dirigen los destinos de todos.

Y, para colmo, se nos anuncia la decisión del Gobierno (por Decreto, naturalmente) de apartar a las asociaciones empresariales de la gestión de los fondos de formación, pasando a integrarlos en aquello que se conoce eufemísticamente como “políticas activas de empleo” con la más que posible finalidad de enmascarar las cuantiosas listas de parados a través de su falsa reducción por la asistencia a cursos gestionados por las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos afines.

Pero, para no perjudicar la “impecable” imagen de las necesarias patronales que deberán asistir a la foto anual de consenso, junto con los sindicatos y el gobierno, se anuncia igualmente que, “en compensación”, los Presupuestos Generales del Estado, les asignarán unas cantidades anuales para el mantenimiento de la estructura de las que sobrevivan.

Otra pequeña limosna que animará, sin duda, los espíritus combativos a favor del poder y la escasa fe asociativa de tantos de nuestros dirigentes actuales, para que algunos sigan en sus falsas ensoñaciones, mientras la inmensa mayoría se aleja, eludiendo la obligación moral y ética de participar en las organizaciones empresariales representativas y eficientes que diseñó nuestra naciente y débil democracia.

Limosnas y fotos a cambio de silencio y complicidad en la desaparición lenta, inexorable, de las organizaciones de los empresarios que un día nos prometieron libertad, transparencia y participación en una democracia plural al servicio de todos.

Madrid, Marzo de 2015

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