TARJETAS Y VALORES

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Durante casi todo este mes de Octubre que ahora se acaba, los ciudadanos hemos tenido que soportar un auténtico bombardeo informativo sobre los abundantes casos de corrupción política que se han venido poniendo de manifiesto, tan variados y escandalosos la mayoría de ellos, que ha calado en la opinión pública la sensación de que algo nuevo estaba ocurriendo, como si la democracia estuviera amenazada por un repentino e inesperado ataque de dificil defensa.

Pero no es nada nuevo. Para los que hemos deambulado largo tiempo entre el inquietante mundo de la parapolítica, es decir, de las organizaciones civiles de los empresarios, lo que está ocurriendo es, ni más ni menos, que comienzan a emerger las consecuencias de la acumulación de causas, con efectos retardados perversos,  que han desembocado abruptamente en una especie de explosión, en un corto espacio de tiempo. Causas cuya existencia conocíamos y hasta aceptábamos pasivamente, aunque no esperábamos unos impactos tan concentrados ni tan dañinos.

No pretendo quitar importancia al fenómeno que nos abruma, pero sí tratar de exponerlo en su justa dimensión. La corrupción, en nuestra sociedad, no es algo ajeno a la vida diaria. De hecho la aceptamos en multitud de detalles que pasamos por alto como si no tuvieran demasiado valor, asumiendo sus resultados si no nos afectan de una manera directa. Y convivimos con las múltiples corrupciones que a diario nos rodean, casi sin concederles trascendencia alguna.

Se trata de una cuestión moral. Nuestra sociedad no reacciona, o lo hace con levedad, ante los grandes escándalos económicos, financieros o políticos, pero se escandaliza ante cuestiones aparentemente menores que, por ser más cercanas a nosotros, o más humanas, nos merecen calificativos más duros y el rechazo inmediato.

Claro está que, por tratarse de una cuestión moral, el problema radica en los principios y en los valores que nuestra sociedad acepta o prescribe como esenciales para la convivencia pacífica de una comunidad que aspiraba a la modernidad, habiéndo llegado a ser considerada como una de las más avanzadas y solidarias de entre los grandes países industrializados.

Viene a cuento toda esta introducción, a propósito de uno de los escándalos que mayor impacto ha tenido sobre la población en los pasados días o semanas: el de las mal llamadas tarjetas negras, “black”, opacas o como se las quiera denominar.

Es, sin duda alguna, una cuestión menor, si tenemos en cuenta que los beneficiarios, personajes de toda condición política, económica o social, las habían recibido como una contraprestación más de su arbitraria designación  en función de “digitales” miembros privilegiados de una gran entidad financiera, la tricentenaria Caja de Ahorros de Madrid, lo que les procuraba importantes ingresos y ventajas, simplemente a cambio de la renuncia a su libertad, a la veracidad, a la aplicación de la justicia, en definitiva, a la dignidad, valores todos ellos que componen parte de la relación que Aristóteles, más de trescientos años antes de Cristo, llamaba “virtudes activas”. Virtudes y valores ausentes en la casi totalidad de estos personajes, hoy en día en el punto de mira de nuestros ciudadanos.

Porque los ahora atribulados poseedores de las famosas tarjetas, daba lo mismo si procedían de un partido político o de otro, de un sindicato o de una patronal, del entorno de un político en la cumbre o de un financiero poderoso. Todos ellos, tan distintos, pero tan iguales, formaban parte de una trama institucional que les había otorgado un cargo que tenía aparejados prebendas y emolumentos cuantiosos, a cambio de su silencio, su sumisión y su docilidad ante las decisiones que han llevado en poco tiempo a la ruina a una entidad financiera que había sobrevivido a decenas de generaciones, gobiernos, guerras y dictaduras.

Esa ausencia de valores en los responsables (y de los necesarios conocimientos en muchos de ellos) han dado como resultado la desaparición de una entidad, solvente hasta su llegada, con el elevadísimo coste de 23.000 millones de euros, a pagar por todos los españoles, a los que hay que añadir la cifra, en apariencia insignificante, de 15 millones de euros más gastados con las citadas tarjetas de crédito.

Y sin embargo, la opinión pública ha reaccionado con mayor indignación ante las noticias que les revelaban el gasto con las tarjetas  en restaurantes, viajes, clubes y lencería fina, que con el gravísimo hecho de que unos políticos de todo signo hayan maquinado una operación que, por su propia naturaleza no tenía más opción que acabar en el desastre en que ha desembocado, sin que parezca que los mismos que han usado las tarjetas hayan tenido culpa alguna en el desaguisado.

Hasta el punto de que los representantes en Caja Madrid de la patronal de Madrid, CEIM, colaboradores necesarios, por acción o por omisión, no han dimitido todos de sus cargos por el gran fiasco de su gestión sino, solo algunos,  por el uso de ínfimas cantidades, en relación con la enorme responsabilidad que adquirieron en su día y que  ha acabado defraudando a todos los empresarios a los que dicen representar.

Es, por tanto, una cuestión de valores, y no solo de tarjetas, lo que deberá tener en cuenta la sociedad entera, si queremos que nuestra democracia avance hacia los principios de igualdad y prosperidad que proclama la Constitución y los empresarios, en vez de disimular, mirando para otro lado hasta que pase la tormenta, debieramos formar parte de la avanzadilla que colabore en la necesaria regeneración de nuestras instituciones, comenzando por dar el ejemplo de provocar la necesaria dimisión y el apartamiento de los cargos de representación, de todos aquellos de entre los nuestros que han participado, aunque haya sido pasivamente, en el impresentable episodio de la desaparición de nuestra Caja de Ahorros.

 

 

Octubre de 2014

 

Enrique Martinez Piqueras – Presidente de FEDESMA

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